La muerte no debe ser la enemiga


Por: Luis Carlos Venegas Sanabria
Médico Geriatra – Hospital San Ignacio y Centro Gerontológico MAFE

Hace un tiempo leí un libro escrito por el neurocirujano británico Henry Marsh. El título del libro era: “Ante todo no hagas daño”. Es un libro escrito con base en las experiencias de un médico que ha visto a lo largo de su vida profesional a miles de pacientes. Pero la frase que más me llamó la atención de este libro fue la siguiente: “…la muerte no es siempre un mal resultado…”.

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Es interesante que un médico diga una frase como éstas ya que, si algo creemos, es que la labor del médico es la lucha constante e interminable para vencer la muerte. Sin embargo, pocas cosas son tan imprecisas como este precepto. Si bien parte de nuestra labor se centra en el mantenimiento de la vida, ésta se distancia mucho del principal objetivo de nuestra profesión: el cuidar a nuestro paciente y poner nuestro conocimiento a favor de él, con el fin de mantener su funcionalidad e independencia el mayor tiempo posible. Esto es mucho más relevante cuando nuestro paciente es una persona mayor.

Volvamos a la frase con la que abrí este artículo. Es una frase poderosa, simple y que toca un tema, tal vez uno de los pocos, que nos involucra a todos los seres humanos: la muerte y su inevitabilidad. Y es que teniendo en cuenta esta condición, la muerte puede llegar bien o mal. Ser un proceso doloroso tanto física como psicológicamente, o uno del cual se puede sacar un enorme aprendizaje.

Esto no aplica sólo para los familiares, sino también para el recurso humano que atiende y brinda cuidados a una persona que está en el proceso de fallecer. Y es que la gente no conoce por lo que pueden pasar un médico o una enfermera al ver morir a una persona a la cual le dedicó tiempo en su cuidado, con quien ha hablado y compartido sus miedos, esperanzas, e incluso su sufrimiento.

Sin embargo, a pesar de que todos esto sentimientos son reales, personalmente, puedo llegar a sentir un gran alivio cuando alguno de mis pacientes, la mayoría de ellos en condiciones de dependencia y necesidad de altos grados de cuidado, fallecen. Muchas veces, es el momento en el que puedo verlos descansar a ellos y a sus familias. La muerte es algo inevitable, pero podemos hacerla mucho más llevadera y humana.

Alguna vez la hija de una paciente, que tenia un estado de postración desde hacia varios años debido a una enfermedad degenerativa, me decía que se sentía culpable por (en ocasiones) querer que su madre falleciera. No fue la primera ni será la última vez que escuche algo así de un familiar. Le dije a esa mujer en ese momento que no se sintiera mal, que ella había estado con su madre por muchos años y que se acercaba el tiempo en el que las dos debían descansar. Traté de brindar confort a la hija, al mismo tiempo que paliaba los síntomas que estaba presentado la paciente en sus últimos momentos.

Nuestra labor como personal de salud debe ser siempre brindar apoyo y cuidar, no sólo al paciente que tenemos en la cama, sino también a sus familias. Debemos reconocer que cuando la muerte llega tendremos dos pacientes: uno, la persona que esta falleciendo, y el otro, su familia.

Es importante no ver a la muerte como algo malo y que debe evitarse a toda costa. Es necesario parar de prolongar la vida de manera innecesaria y dejar de tocar tan cerca las puertas del encarnizamiento terapéutico, el cual, en muchas ocasiones, está favorecido por el personal de salud. Tenemos que dejar que el curso de la vida siga su ineludible destino.

A medida que la medicina avanza, que nuestro conocimiento se vuelve cada vez mayor, siempre habrá algo más que hacer, un nuevo medicamento que probar, un procedimiento que intentar. Sin embargo, hay que preguntarnos siempre si ese nuevo tratamiento o procedimiento servirá para dar calidad de vida y mejorar la situación de nuestro familiar, si será capaz de disminuir su sufrimiento. Si la respuesta es no, tal vez deberíamos pasar de esa opción y enfocarnos en brindar toda la atención que podamos, apoyados en el personal de salud capacitado, para afrontar esa etapa de vida que todos estamos destinados a alcanzar.

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